miércoles, 21 de octubre de 2009

Renacimiento.

Aún puedo sentir todas las alegrías de mi infancia, las calles llenas de risas, la felicidad jugando con la pequeña vida de aquellos niños. Sonriéndoles siempre, manteniéndolos al margen de las cosas y a su vez opacando los momentos más horribles que hubieran pasado en su corta vida.

He vuelto a las calles que me vieron crecer y, que en algún momento comenté sobre las calles cansadas, desoladas y las casas tristes sin vida propia. Sí, estoy sólo mirando a mí alrededor, aguantando el frío e imaginando cómo sería esta vecindad con vida, gente conviviendo, nuestros padres ya envejecidos por el paso del tiempo y, los niños que en su momento jugaban ahora todos unos adultos profesionistas realizados y plenos, llenos de dicha placentera, quizá algunos ya con familia, otros disfrutando los frutos de esfuerzo de su época universitaria. Las calles lucirían aún con vida y esperanza, nuevas generaciones estarían ocupando nuestro puesto, aquel que en nuestra infancia ocupábamos.

Sin embargo, regreso a la realidad y toda aquella bonita ilusión se fue desgarrando poco a poco, como si estuvieran arrancando una imagen preciosa de un gran marco, se escucha el lamento del cuadro al ser arrancado lentamente hacia abajo, ya que la imagen a desaparecido por completo te das cuenta de que no hay nada, solamente vacio. Qué tristeza.


Allí estoy, afuera de mi vieja casa. Ahora más adulto que la última vez que vine, la barba me ha crecido y se nota que la edad ha ido avanzando debido al abúndate cabello grisáceo, mi cara cansada de vivir y trabajar pero aún con el cuerpo macizo, mis grandes manos apretadas por enfrentar los grandes recuerdos de entrar a toda mi historia, en donde me forjé, donde aprendí a respetar y me inculcaron valores, si, aquellas dos personas que me enseñaron todo lo bueno en esta vida y cómo debo de actuar según lo que me dicte mi corazón. Me sequé las lágrimas y decidí entrar. La casa aún conservaba su personalidad a la última vez que vine, sin ventanas, sin puertas, sin techo, sin aquel bello piso que me gustaba mirar mientras estaba sentado en el sofá de la sala. No había nada, lo único que quedaba eran las paredes viejas y cansadas de estar aún soportando estar de pie, feas y tétricas se veían producto de la gente callejera que ambula rayando casas.

Marqué una pequeña sonrisa y seguí caminando cómodamente por la vieja casa hasta llegar a mi cuarto. Entre lentamente, a pesar de que era un desorden y el olor a eses abundaba aún podía disfrutar de mi vieja habitación. Me dirigí a un costado del marco de la ventana para poder recargarme y ver hacia afuera cómo lo hacía cuando era niño, preguntándome ¿Qué habrá más allá de esta ventana?, ¿Qué haré cuando sea grande?. No aguante por mucho las ganas de llorar, así que lo hice. Lloré recordando toda mi niñez. Me tape los ojos con la mano derecha y con la izquierda repose mi fuerza en pierna siniestra, desahogándome pensé muchas cosas, pedí ayuda a mis padres donde quiera que estuvieran, les imploraba que me dieran la fuerza suficiente para seguir adelante, los extrañaba.

Sequé mis lagrimas, suspiré, volví a agarrar aire nuevo pesé al hediondo olor, necesitaba sacar todo y lo hice. Salgo de mi cuarto, lo veo por última vez y digo: Gracias por estar conmigo. Salí de la casa, aire nuevo, fresco y reconfortante. Caminé lentamente sobre lo que queda de piso que lleva a la banqueta. Al llegar a la banqueta viré mi cabeza inmediatamente, escuche que susurraron mi nombre: José, hijo mío… estamos contigo. Siempre estarás con nosotros y te cuidaremos. Me quede perplejo, mis ojos verosímiles y mi garganta afónica… no hice nada nomás que mirarles. Allí estaban ellos dos parados en la entrada de la casa sonriéndome, mirándome, mandándome besos y haciéndome seguro. No pude ni siquiera caminar para ir a abrazarlos, no podía moverme. En ese lapso corto de tiempo lloré, sonreí y apenas pude decir: los amo y los extraño, cuando ellos contestaron: sigue así querido hijo, sigue así. Me sonrieron por última vez.

Se dieron la vuelta y entraron a la casa. Aquella bella imagen desapareció rápidamente tal cual empezó el río de lágrimas en mis mejillas. Me quedé un rato observando sigilosamente la puerta esperando con la esperanza volverlos a ver pero, eso no iba a volver a suceder.

Detuve mi llanto profundo, sonreí y de nuevo di las gracias. Suspiré. Y empecé a caminar, alejándome lentamente de mi casa. Recordando lo feliz que acabo de ser.

Renacimiento.

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