martes, 20 de marzo de 2012

Noches memorables I: El génesis bizarro de una mente ruidosa.


El crepitar del fuego en plena noche y el fulgor de la fastuosa luna llena hacen que mi cuerpo fatigado descanse mientras observo el horizonte recargado en este árbol. Las estrellas danzan en el alto cielo y muchas caen detrás de las estrechas montañas heladas. He conseguido la victoria, sí, la victoria de una gran batalla que mi mundana alma ha combatido por años… ahora solo me queda descansar.
Mis parpados caen gracias a la calidez que emana el calor de la lumbre. Entre imágenes irreales, susurros imaginarios y un montón de cosas inexplicables, me encuentro caminando y sintiendo cada una de ellas. Me es cansino explicar todas las cosas que observo y siento, pues, un tanto de ellas ya las he explicado anteriormente en escritos en mi corta trayectoria de vida.
“Sígueme, no te detengas” Me dijo una voz susurrando en ese gran vacío que estaba lleno de una serie de eventos increíbles. Mis pasos empezaron a retumbar y fue como si caminará en un gran pasillo donde hubiera cuadros de personas importantes ordenadas cronológicamente, en mi caso lo era pero, eran mis recuerdos o retratos de algunos escritos o pensamientos que jamás publiqué, en los cuadros habían personas interpretando la idea, tal y como las llegué a imaginar en mi momento “real”.
Eran muchas voces y mociones de cuerpos que se reproducían dentro de esos marcos en forma de diferentes trapecios, ya no eran cuadros comunes, parecía un rompecabezas donde cada marco se unía entre sí con la base de otro. Caminaba lentamente, incrédulo e inverosímil de lo que era testigo, jamás creí que fuera a llegar a contemplar con tanta vehemencia (por más pasivo que fuera mi caminar, estaba hecho una bombo C-4 a punto de explotar) mis obras.
Entre ellas se encontraba la sección “amor”. Una sección corta con pocas piezas: “Familia” “Naturaleza” “Música”. Sollocé inmediatamente al ver la cantidad de momentos preciosos que he presenciado y los que me imaginé por mucho tiempo, estaba en el centro de todas mis ideas, no había inseguridad en mí, no había lo que en el personaje “real” abunda. Giré mi cabeza a las próximas secciones y vi los títulos de los segmentos y no despertaron el interés como lo despertó el amor y la pasión a lo que realmente soy. Me recosté en la pared de atrás y me senté. Detrás de mi había otros marcos y alcanzaba a escuchar lo que sus voces susurraban pero nuevamente no le di importancia. Silencié sus movimientos y palabras mientras me enfocaba en mi pasión, mi gloria y mi dicha.
En el trapecio isósceles vi  los cuerpos de mis padres sonreír, también los vi caminar y envejecer juntos en la delgada línea llamada vida. Ví a mi hermana realizada como ser humano, como mujer, como profesionista. Las lágrimas eran enormes, sentía como hidrataban mis mejillas secas y al caer en el suelo creaban el sonido de las olas del Pacífico. Luego mi vista se concentro en ese trapecio recto y vi los parajes naturales a mi manera: “El sol se está ocultando detrás de esa isla, lejana de la costa, donde esta ciudad se muestra sensible al ver el color que es aplicado en el medio ambiente” o “la franja desértica, dónde existe más vegetación que en un bosque húmedo” o en “el tronar de las hojas caídas de los árboles en Otoño al caminar en un parque”. Mi piel se eriza de la emoción y responde con una exhalación de aire de esperanza.
Después de contemplar por unos minutos sin pensar, solamente observaba los dos vidrios con formas desiguales finalmente me percaté de mi último amor, “La música”. En ella se reproducía la música que en este momento estás escuchando y sí, es genialmente hermoso, ¿no lo crees?
En ese espacio no había nada, estaba obscuro. No te desanimes, querido lector, muchas veces he pensado lo que hay ahí escondido que no necesito plasmarlo sino reflejarlo en el mundo “real”,  pero, no seré egoísta, lo compartiré contigo.
Sonrío y en vez de ver la obscuridad, te lo contaré a ti directamente, voltearé mi rostro y te veré a los ojos.
Todo comenzó desde que estaba en el vientre de mi madre, nací, crecí conformemente con lo que mis oídos escuchaban, no había ninguna regla solamente necesitaba alimentarle del ritmo de la canción, así fui un “salvaje” por mucho tiempo, indomable y necio (era un adolescente). En cambio, hoy en día soy consciente de que desconozco la cosa que más amo en este mundo y a la vez las pocas respuestas que tengo me llevan a más preguntas.
Lo qué hay en ese cuadro negro es: Un hombre parado ante una gran multitud y frente a él músicos que entienden las valencias con las que el autor lidia día a día. Ese momento llegará y usted mi estimado lector degustará de algo que tal vez a la mejor nunca ha escuchado.

Como si fuera despertado por altas corrientes eléctricas en mi cuerpo, abrí los ojos que se encontraban desorbitados y con nauseas, vi que la fogata se había apagado y ya era de día, el sol refugiaba arriba de las nubes.
Otro día más, quién sabe a dónde me deparé está noche.

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