El calor ha incrementado, el deseo de escupir y de beber la misma saliva, solamente son sueños vagos. Maldigo mi mortalidad. Continué con mi rumbo unos cuantos metros adelante hasta que mis rodillas cedieron ante el cansancio de caminar por horas en este desierto delirante.
Mis rodillas cayeron sobre la manta infinita de arena, estas se enterraron inmediatamente y posteriormente mis manos hicieron lo mismo unos centímetros más delante de mis rodillas. Estaba allí casi a punto de caer sigilosamente, vencido por la enorme soledad del ambiente. No dejaba de sudar, estaba completamente bañado de líquidos que emanaba mi cuerpo cansado. Maldita sea, ¡Ayúdame! – grite. Te lo suplicó, ayúdame a seguir adelante.
Momentos después sucumbí en llanto y más fluidos corporales venían, el sudor corría con mayor presencia, mi pantalón fue impregnado por la orina caliente que fluía desde mi vejiga, el líquido espeso y pegajoso que salía de los orificios de mi nariz se mezclaba con el sudor que recorría como un rápido en las altas montañas de Yosemite y se mezclaban hasta llegar a mi boca. A escases de agua, fue lo más congruente que se me ocurrió hacer en medio de la desesperación y la nada, beber un poco de ese líquido heterogéneo, me sentí como Jesucristo en la cruz, solamente que esto no era vinagre sino sudor y mucosa.
Empecé a llorar y a pedirle al Altísimo que se apareciera tal como lo hizo con Saulo de Tarso, cuando iba persiguiendo a su pueblo en medio del desierto. El último acto fue gritar lo más alto posible: ¡AYUDAME!. Se escucho el eco retumbar en las paredes invisibles del desierto, espere un par de segundos más y mis extremidades que soportaban mi cuerpo se colapsaron ante el imperio dominante de mi alrededor. Maldita sea, soy un simple ser humano – empecé a hablar dentro de mi mente – jamás podré superar esto, no sin tu ayuda. Cerré los ojos, perdiéndome en el vasto mundo de mis pensamientos me deje llevar por el sonido de las palabras que rebotaban en las paredes de mi cabeza. Dichos sonidos me reconfortaban, casi animándome a renunciar a todo, a doblar las manos y no hacer nada.
Entre el mar de palabras pesimistas que oscilaban en mi mente, no había escapatoria alguna. La creación de más ideas en mi cabeza me estaban consumiendo y acabando con mis esperanzas de vida. Cedí ante el ruido intenso, el tronido de las letras al chocar entre sí y con las paredes creaba en mí desesperación, pánico, tristeza, dolor espiritual tal como si estuviera sin alma.
Las palabras y el ruido habían desaparecido. La obscuridad se fue consumiendo por un pequeño rayo de luz que iba en aumento lentamente. La luz había consumido la obscuridad por completo, de nuevo sentí calma y calidez en mi cuerpo. Aún seguía tirado, con los ojos cerrados y mi cuerpo destruido.
Abre los ojos – me dijo una voz, algo más que eso, había alguien presente en ese lugar – y levántate.
Al escuchar esas palabras con una voz seca y gruesa pensé: "ojalá pudiera hacerlo, estoy totalmente devastado", a lo que la voz áspera contesto: "no estás tan destrozado como para intentar levantarte – su voz era ahora magnánima y esbozo unas pequeñas risas soberbias – vamos, inténtalo".
Abnegado e incrédulo obedecí a la piadosa voz, hice fuerza en mis piernas y brazos, pensando que iba a tener que hacer mucho esfuerzo para lograrlo fue todo lo contrario me levante como si nada me hubiera pasado, mi cuerpo estaba seco y revitalizado, me puse sobre mis rodillas, levante la espalda y tronaron todos los huesos de la vertebra provocando aún más alivio a mi cuerpo. Me estiré por completo y abrí los ojos. Quedé estupefacto al ver la silueta, a pesar de que aún veía borroso de semejante traumas que había pasado.
Perplejo y sin palabras pensé en él, lo observe a unos cuantos metros de mí. Él se encontraba dándome la espalda mientras observaba hacía el horizonte.
Volvió a hablar de nuevo y dijo con una voz distinta, con una confianza tan inhumana: "Si, soy yo, el Creador" – sentí alivio al escuchar esas palabras y poco a poco me fui levantando de la arena cuando se volteo y vi su rostro, inmediatamente caí de espaldas a la arena, asustado al verle con mayor claridad y sin palabras, con las pocas que pude cantar debido al temor que sentía: "tu… tu eres… ¿él?".
Una sonrisa siniestra se marcó en su rostro y dijo: "Sí, yo soy él…" – se río y continuo hablando – "pero a la vez soy el que tú no quieres ser. Es por eso que me reconociste al momento porque vas a volver a vivir gracias a tus negros pensamientos, no volverás a ver la luz. Vivirás en una tormenta de fuego eterna. Esto ha de empezar… ya. Vive, hijo mío".
En el momento que dejo de hablar, bochornosas imágenes aparecieron en mi cabeza tanto como si yo estuviera en cada una de ellas, una imagen tras otra. Había guerras, lujuria, asesinatos, depresiones, desesperaciones… muchas cosas bizarras pasaron por mi mente hasta que se detuvo la reproducción de las imágenes.
Abrí los ojos y me encontraba de pie mirando hacía al horizonte. Voltee hacía atrás y observe el cuerpo de una persona tirada en la arena, la observe pero no lo reconocí, vire de nuevo mi cabeza y continué observando hacía el horizonte.