martes, 17 de abril de 2012

Mente que viaja...


...en un laberinto de años.

La calle 5ta y Riveroll siempre la he encontrado enfadosa en ciertas horas del día, me cansa caminar ahí. Tal y cómo lo estoy haciendo en este momento.

Son las 14:50 p.m. de un lunes de hace dos años, creo que fue en Junio.

La gente gritando, la velocidad incomprensible y estúpida de los microbuses que están dispuestos atropellar a un peatón con tal de subir un pasajero más que el camión que viene atrás hacen que este lugar sea una tortura. Las señoras quieren controlar a sus criaturas a través de gritos insoportables y lastimosos. Las parejas adolescentes son tan variables que un par pueden estar con un jarro de miel a un lado y acariciándose mientras otros pueden estar gritando y empujándose y por último estamos los que vemos todo esto y lo callamos.
Entre tanto olor desagradable, el humor espantoso y la bazofia espantosa conglomerada hacen que me empiece a derretir y perder mis casillas. Todo se vuelve un cuadro de madera con muchas secciones dentro de ella, parece que forman pasillos y en el centro se encuentra la salida. La caída infinita.

Volteo a mí alrededor y el rostro de todos esta borroso como si muchas caras estuvieran expresando algo en el cuerpo de otro. Cada uno de ellos tiene un facial en que aparecen más, es como si fuera una ruleta que está girando y te está poniendo varias opciones, es lo mismo, solamente que lo expresa con un rostro diferente. Este lugar realmente me da miedo.
Me dispongo a dar el primer paso, ya no quiero estar en esa esquina donde todos están viviendo algo que yo no vivo. Me quiero alejar del ruido que escupen las cabezas de rostros giratorios.

Levanto la pierna derecha y mi tenis se queda pegado y se empieza a derretir, completo el paso y ya no tengo mi pie, solamente es mi pantalón chorreándose como chapopote caliente en un poste. No me importa, levanto la pierna izquierda y pasa lo mismo, mis pies se han quedado atrás y solamente dos líneas espesas en ebullición se encuentran detrás de mí. Pongo mi brazo derecho en el cuadro del teléfono público y también empieza a derretirse lentamente.

Desesperadamente empecé a correr y las caricias del viento no eran frescas, eran calientes y aumentaban la facilidad con la que me derretía. Poco a poco empecé a caminar con el torso, hasta que ya no pude caminar y quede a un par de metros de cruzar la calle. Caí con todo el cuerpo y mi cuerpo empezó a hervir, mis ojos desaparecieron como terrones de azúcar en un sartén esperando ser caramelo. La gente solamente miraba como fenecía. Muchas voces recorrían como fantasmas las calles habitadas por personas que no hablan solamente cambiaban de rostro cada segundo.

La respiración vuelve, agitado y exaltado me aventé hacía atrás y estaba sentado en la pared de Coppel, donde muchos se encuentran meditando o buscan algo de verdad en este mundo.
Impresionado volteo a mi alrededor, veo la hora y mi celular marca las 15:03 pm de un martes hace dos años, era Junio creo.

Escucho una voz a mi lado: “Impresionante, ¿no?”, a lo que contesto incrédulamente: “¿qué? A lo que el hombre de al lado me dice: “Has ido, lo viviste, lo sentiste, fuiste parte de él, lo caminaste y finalmente encontraste el centro… encontraste la caída, por eso estás aquí”
“O sea que yo estaba…”

“¿Soñando, hermano?, no lo sé, tiene 5 minutos  que acabas de llegar” – me dijo mi hermana mientras me miraba con cara de sorpresa.

“No lo sé, solamente siento que estoy atrapado en un laberinto y mañana estaré…”
“¿Conmigo?” – me dijo ella, la que me trae navegando los mares imaginarios y recorriendo las constelaciones infinitas.

“Si, quiero estar contigo y también con…”

"Conmigo" - me dije a mismo en este momento real mientras pico las teclas.

Finalmente he llegado a mí, han pasado un par de años desde que alguna vez pensé en salir de ese laberinto y sentirme justo como en este momento. A ver si de aquí comienza…

Otro viaje… No lo creo, al parecer sigo aquí… todavía.


Debajo de la arena azul.


Gaviotas en el cielo, nubes claras y densas, no hay viento solamente el calor que provoca el precioso Sol en el alto cielo. Gente corriendo en la orilla de la playa, chapoteando y sonriendo. Perros, niños y adultos disfrutan del clima. Son las 13:30 hrs y aquí me encuentro sumergido en este mar de ideas donde mi mente zarpará en cualquier instante al más allá.
La arena  también camina a su manera con sus pequeños destellos. Me gustó pensar en que sería fenomenal ser como ella, la gente igual camina sobre mí, hay gente que viene y va, unos se quedan otros no, la clave sería encontrar la forma de borrar las huellas que han dejado personas sin interés y seguir caminando.

Mientras pensaba y me figuraba que la gente se encontraba caminando en callejones invisibles, tan apartados de si mismos y dicho laberinto los impulsaba a caminar más y más buscando respuestas en la arena, en el sol, en el cielo, en el mar, en el perro, en mi al verme acostado sobre la arena cuando tal vez pensaba lo mismo que ellos.

“Mucho pensar y nada de actuar” pensé. Me levanté me quité la playera y me dirigí caminando a mi santuario, el brillo de diamantes en la supercie de la teirra azul me hipnotiza y sigo caminando como sonámbulo. Finalmente mis pies son acariciados por la espuma de la ola que ya a explotado. Varias personas se resignan entrar de golpe al mar debido a su agua helada proveniente del norte del Pacífico pero yo soy un caso diferente, mientras más helada es más fuerte la impresión que mi cuerpo siente.

Camino un par de metros mar adentro y sin pensarla voy de picada en contra de la superficie espumosa danzante. Todo es lento, los sonidos del exterior se retractan y todo se escucha lento, ya no hay voces de niños ni ladridos de perros ya que todos estos son transformados por la poderosa corriente del mar. Abro los ojos y veo un millar de pequeñas partículas doradas, los rayos de sol entran cortando como pequeñas navajas de luz y todo se ve verde obscuro. Salgo y dejo que toda el agua que mi cuerpo a recogido se deslice tranquilamente por mi cuerpo y después respiro, esa es la sensación que busco, es la sensación de sentir que estoy en dos mundos a la vez: el mundo donde los ruidos son tan reales y meramente tangibles y el otro donde todo es lento y puedes desechar cualquier cosa en ese mundo donde todo se olvida, donde puedes gritar y nadie escuchará – inclusive uno mismo ni si quiera escucha un sonido común .


Nuevamente cierro los ojos y me dejo ir a ese mundo de silencio. Dejo que la marea me lleve y me deje descansar en sus explosivas y largas olas.